Capítulo 7. LOS REGALOS DEL REINO III

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7. LOS REGALOS DEL REINO

III. La realidad del Reino

1. El Espíritu Santo enseña sólo una lección, y la aplica a todo el mundo y en toda circunstancia. Dado que Él está libre de conflictos, aprovecha al máximo todos los esfuerzos y todos los resultados. Al enseñarte el poder del Reino de Dios, el Espíritu Santo te enseña que todo poder te pertenece. Su aplicación no importa. Es siempre máxima. Tu vigilancia no establece que el poder sea tuyo, pero te permite usarlo siempre y en cualquier forma que sea. Cuando dije: “Estoy siempre con vosotros”, lo dije en un sentido muy literal. Jamás me aparto de nadie en ninguna situación. Y puesto que estoy siempre contigo, tú eres el camino, la verdad y la vida. Tú no creaste ese poder, como tampoco lo creé yo. Fue creado para ser compartido, y, por lo tanto, no tiene ningún sentido percibirlo como si fuese el patrimonio de uno solo a expensas de los demás. Tal percepción lo desproveería de significado al eliminar o pasar por alto su único y verdadero significado.

2. El significado de Dios espera en el Reino porque allí es donde Él lo ubicó. No espera en el tiempo. Simplemente descansa en el Reino porque allí es donde le corresponde estar, al igual que a ti. ¿Cómo ibas a percibirte a ti mismo como si no formases parte del significado de Dios cuando tú mismo eres ese significado? Sólo Si te consideras irreal puedes percibirte a ti mismo como separado de tu significado. Por esto es por lo que el ego es demente: te enseña que no eres lo que eres. Eso es tan contradictorio que es claramente imposible. Es, por lo tanto, una lección que no puedes aprender realmente, y que, por consiguiente, no puedes realmente enseñar. Mas siempre estás enseñando. Tienes, entonces, que estar enseñando otra cosa, a pesar de que el ego no sabe lo que es. El ego, pues, está siendo des-hecho continuamente, y sospecha de tus motivos. Tu mente no puede estar unificada cuando le es fiel al ego porque la mente no le pertenece a él. Sin embargo, lo que para el ego es “traición”, para la paz es lealtad. El “enemigo” del ego es, por lo tanto, tu amigo.

3. Dije anteriormente que el amigo del ego no forma parte de ti porque el ego se percibe a sí mismo en estado de guerra y, por ende, necesitado de aliados. Tú, que no estás en guerra, debes ir en busca de hermanos y reconocer en todo aquel que veas a tu hermano, ya que únicamente los que son iguales están en paz. Puesto que los Hijos de Dios gozan de perfecta igualdad, no pueden competir porque lo tienen todo. Sin embargo, si perciben a cualquiera de sus hermanos de cualquier otra forma que no sea con perfecta igualdad es que se ha adentrado en sus mentes la idea de la competencia. No subestimes la necesidad que tienes de mantenerte alerta contra esa idea, ya que todos tus conflictos proceden de ella. Dicha idea es la creencia de que es posible tener intereses conflictivos, y significa, por lo tanto, que has aceptado que lo imposible es verdad. ¿No es eso lo mismo que decir que te percibes a ti mismo como si fueses irreal?

4. Estar en el Reino quiere decir que pones toda tu atención en él. Mientras sigas creyendo que puedes prestar atención a lo que no es cierto, estarás eligiendo aceptar el conflicto. Mas ¿es esto realmente una elección? Parece serlo, pero las apariencias y la realidad no pueden ser lo mismo. Tú, que eres el Reino, no tienes nada que ver con las apariencias. La realidad es tuya porque tú eres la realidad. De esta manera es como en última instancia tener y ser se reconcilian en tu mente, no en el Reino. El altar que se encuentra allí es la única realidad. El altar es perfectamente inequívoco en el pensamiento porque es un reflejo del Pensamiento perfecto. Tu mente recta ve únicamente hermanos porque ve únicamente en su propia luz.

5. Dios Mismo iluminó tu mente, y la mantiene iluminada con Su Luz porque Su Luz es lo que tu mente es. Esto está más allá de cualquier duda, y cuando lo pones en duda se te da una respuesta. La Respuesta simplemente cancela la pregunta al establecer el hecho de que poner en duda la realidad no tiene sentido. De ahí que el Espíritu Santo nunca ponga nada en duda. Su única función es eliminar lo cuestionable y, por ende, conducir a la certeza. Los que tienen certeza gozan de perfecta calma porque no tienen dudas. No cuestionan nada porque en sus mentes no entra nada que sea cuestionable. Esto los mantiene en un estado de perfecta serenidad, ya que al saber lo que son, eso es lo que comparten.

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